Kakistos
La cacocracia o el momento en que lo peor deja de descalificar
Hay épocas en las que las palabras habituales ya no bastan.
Hablamos de populismo, de autoritarismo, de crisis democrática, de brutalización del debate público. Todos esos términos describen una parte de la realidad. Sin embargo, ninguno capta del todo el mecanismo particular al que asistimos hoy. Para eso existe una palabra más rara, más antigua, casi olvidada, que vuelve de pronto con una actualidad inquietante: la cacocracia.
La palabra viene del griego kakistos, “lo peor”. Designa el gobierno de los peores.
No se trata simplemente de un poder mediocre, y mucho menos de una torpeza pasajera de dirigentes desbordados por los acontecimientos. La cacocracia comienza cuando la incompetencia, la grosería, el cinismo, el desprecio por las instituciones, la indiferencia hacia la verdad y la vulgaridad moral dejan de ser defectos descalificadores para convertirse, por el contrario, en medios de ascenso, dominación y fidelización.
En otras palabras, la cacocracia no es solo una degradación del nivel. Es una inversión de valores.
En una configuración así, la vulgaridad se vuelve franqueza. La ignorancia se viste con los ropajes de la sinceridad. La agresividad pasa por valentía. El ataque contra jueces, prensa, universitarios, diplomáticos, científicos o funcionarios experimentados se convierte en un gesto de “liberación”. La competencia, en cambio, se vuelve sospechosa. El matiz es ridiculizado. La contención se percibe como debilidad. La cortesía misma acaba casi por parecer una confesión de traición social.
Y así es como avanza lo peor.
Avanza no porque convenza siempre intelectualmente, sino porque fatiga, aturde, ocupa todo el espacio, halaga los resentimientos, sustituye la reflexión por reflejos y da a quienes dudan, sufren o se descuelgan la ilusión de una venganza simbólica. La cacocracia prospera sobre el agotamiento colectivo. Ofrece menos un proyecto que un desahogo, menos una dirección que una descarga, menos una política que un permiso para despreciar.
Aquí conviene ser precisos: la cacocracia no destruye primero por la fuerza bruta. Destruye rebajando los criterios de lo que una sociedad acepta en la cumbre.
Una democracia entra en una zona de gran peligro cuando deja de preguntar a quienes aspiran a dirigirla: ¿Qué saben hacer? ¿Qué comprenden? ¿Qué límites respetan? y empieza a preferir preguntas de revancha: ¿A quién pueden humillar? ¿A quién pueden reducir al silencio? ¿A quién pueden escandalizar en nuestro nombre?
El síntoma más grave ni siquiera es la mentira. La mentira, en el fondo, sigue reconociendo que existe una verdad que hay que disfrazar. El estadio superior, mucho más inquietante, es la indiferencia hacia la verdad.
Cuando lo absurdo deja de desacreditar.
Cuando lo grotesco deja de escandalizar.
Cuando una palabra objetivamente falsa, incoherente u obscena deja de ser una carga y se convierte en una fuerza, porque da a sus partidarios la sensación de vivir en una rebelión permanente contra un orden odiado.
En ese momento, la cacocracia deja de ser un riesgo teórico. Ya está instalándose en las mentes y luego en las instituciones.
Esta palabra me parece hoy necesaria precisamente porque falta en gran parte de los comentarios sobre nuestro tiempo. Vemos los síntomas, pero vacilamos a la hora de nombrar el mecanismo. Hablamos de tal exceso verbal, de tal provocación, de tal deriva institucional, de tal ataque a los contrapoderes, de tal agotamiento de la verdad. Pero vemos con menos frecuencia que esos fenómenos no están dispersos. Componen una lógica.
Esa lógica es la de un poder que transforma la brutalidad en energía, la transgresión en método, la lealtad ciega en cualidad suprema, el ruido en argumento y la simplificación en visión del mundo.
La historia, por supuesto, nunca se repite de forma idéntica. Pero nos deja hitos. Y esos hitos son valiosos, porque ayudan a reconocer lo que de otro modo podría parecer inédito y, por tanto, incomprensible.
El emperador Cómodo, por ejemplo, no es solo una figura decadente de la Roma imperial. Es uno de los símbolos más claros del momento en que el poder se desliza del gobierno al espectáculo narcisista. Heredero de Marco Aurelio, transforma poco a poco la dignidad imperial en una puesta en escena de sí mismo, humilla a las instituciones, gobierna en la arbitrariedad y la teatralización, hasta acabar estrangulado por un hombre de su entorno. El detalle es espectacular, casi demasiado perfecto para la historia, pero encierra una verdad política duradera: cuando el poder se convierte en representación de sí mismo, tarde o temprano se entrega al desorden que él mismo ha alimentado.
Rasputín, en un registro muy distinto, encarna otra faceta del mismo mal. Ya no se trata del jefe que se convierte a sí mismo en espectáculo, sino de la irrupción de lo irracional, de la fascinación opaca, de la creencia personal y de la influencia sin responsabilidad en el corazón mismo del poder. Su papel en el descrédito final del régimen zarista tuvo menos que ver con una omnipotencia real que con el símbolo en que se convirtió: el de un poder que prefiere las fidelidades turbias y las fuerzas oscuras a la competencia, la claridad y la autoridad racional.
Idi Amin Dada, por su parte, representa una forma casi químicamente pura de cacocracia: la crueldad mezclada con lo grotesco, la arbitrariedad escenificada, el Estado transformado en un teatro delirante de la fuerza. A través de él se comprende que el ridículo en el poder nunca es inofensivo. Cuando se une a la violencia, se convierte en una de las formas más peligrosas de destrucción política.
Estas figuras no pertenecen ni al mismo siglo, ni a la misma cultura, ni al mismo sistema. Y, sin embargo, comparten algo esencial: en todos esos casos, el problema no es solo moral. Es estructural. El poder deja de seleccionar a los más capaces y empieza a promover a los más serviles, los más ruidosos, los más imprevisibles, los más cínicos o los más hábiles para halagar las pasiones más bajas.
Eso es precisamente lo que hace tan preocupante nuestro momento histórico.
Ante nuestros ojos, en varias regiones del mundo occidental y más allá, vemos no solo la progresión de dirigentes agresivos o demagógicos, sino la banalización de una cultura del poder en la que ser más brutal, más primario, más provocador, más ignorante de las restricciones reales, más despreciativo con las formas democráticas y más hostil a toda contradicción se convierte en una ventaja competitiva.
La escena estadounidense vuelve hoy especialmente visible este fenómeno, porque Estados Unidos da a sus desarreglos un alcance planetario. Pero sería demasiado simple, e incluso demasiado tranquilizador, ver en ello solo una patología estadounidense. El problema es más amplio. Tiene que ver con una fatiga general de la civilización democrática, con un desgaste de la confianza pública, con una impaciencia frente a la complejidad y con un deseo creciente de jefes que “lo rompan todo”, incluso cuando ese “todo” incluye los contrapesos más necesarios.
Aquí aparece quizá el punto más esencial: la cacocracia no es simplemente un régimen. Es una cultura política.
Sabe perfectamente utilizar lo que funciona.
Sabe que la provocación capta la atención.
Sabe que la humillación cohesiona a un campo.
Sabe que un detalle espectacular deja más huella que una demostración sutil.
Sabe que el exceso produce comentario y, por tanto, centralidad.
Sabe que el ciudadano saturado de información, angustias y contradicciones puede acabar prefiriendo a un simplificador brutal antes que a un dirigente responsable.
Sabe, en suma, alimentarse de las propias debilidades del espacio público contemporáneo.
Por eso no basta con denunciar la cacocracia. Hay que comprenderla. Hay que nombrarla. Hay que describir su mecanismo con suficiente precisión como para salir del simple reflejo moral. Porque si nos limitamos a decir que todo esto es “indigno”, “escandaloso” o “bochornoso”, seguimos perdiendo una parte del problema. Lo que está en juego es más profundo: toda una sociedad puede empezar a considerar normal lo que debería haberla alarmado.
Y ahí está el umbral crítico.
El peligro último no es solamente la llegada de los mediocres al poder.
El peligro último es también el momento en que lo peor deja de descalificar.
El momento en que la vulgaridad gobierna sin vergüenza.
El momento en que la ignorancia decide sin complejos.
El momento en que la provocación ocupa el lugar de la política.
El momento en que el debilitamiento de las instituciones pasa por fortaleza.
El momento en que la destrucción de los referentes comunes es aplaudida como una victoria contra las élites, cuando en realidad entrega a las sociedades a formas de dominación más arbitrarias, más brutales y, sobre todo, más vacías.
Queda entonces una pregunta: ¿cómo se combate la cacocracia?
Evidentemente no existe ningún remedio universal. Una sociedad no sale de un momento así mediante una fórmula mágica, y menos aún gracias a un hombre providencial. Pero sí existen al menos algunas vías sólidas.
La primera consiste en rehabilitar los criterios que la cacocracia se empeña precisamente en destruir: la competencia, la integridad, la responsabilidad, la capacidad de rendir cuentas, la fidelidad a los hechos y el respeto de los límites institucionales. Allí donde prospera lo peor, hay que volver a hacer deseable lo mejor y, sobre todo, volver a exigirlo.
La segunda vía es proteger sin debilidad los contrapoderes reales. Porque una democracia no se sostiene solo por las elecciones, sino también por todo aquello que impide a un vencedor electoral creerse propietario del Estado: una justicia independiente, órganos de control, una administración profesional, una prensa libre y una sociedad civil viva. Con frecuencia es ahí donde la cacocracia ataca primero, precisamente porque sabe que la concentración del poder siempre empieza por la degradación de aquello que se le resiste.
La tercera vía concierne a la información. No se combatirá la cacocracia si se acepta que el espacio público siga entregado a la confusión, a la saturación emocional y a la equivalencia permanente entre lo verdadero, lo falso y lo espectacular. Hay que defender un ecosistema informativo más sano: medios independientes, una mayor legibilidad de los hechos, una palabra pública fundada en pruebas verificables y un esfuerzo mucho más serio de cultura crítica frente a la desinformación.
Por último, hay que devolver capacidad de acción a los ciudadanos corrientes. La cacocracia prospera sobre la humillación, la impotencia y el sentimiento de abandono. Retrocede cuando las instituciones vuelven a hacerse legibles, cuando la palabra cívica no es solo tolerada sino estructurada, cuando las decisiones se explican mejor y cuando los servicios públicos son más fiables, más justos y más reactivos. Dicho de otro modo, no se la combate solo con grandes principios, sino también con una democracia más concreta, más cercana y más creíble.
La cacocracia, por tanto, no es una fatalidad. Pero no será vencida con más ruido, ni imitando sus métodos. Solo retrocederá si sociedades enteras vuelven a considerar que la verdad importa, que la competencia importa, que la dignidad de las formas importa y que la libertad no sobrevive mucho tiempo cuando todo lo que la protege es ridiculizado, vaciado o metódicamente debilitado.
Este es el momento que estamos atravesando. Pero ningún momento histórico está condenado por naturaleza a durar para siempre.
Y si la palabra cacocracia parece insólita, es solo porque nombra con una precisión poco común algo que muchos perciben sin llegar todavía a calificarlo con claridad: no estamos simplemente ante dirigentes discutibles; estamos en una época en la que lo peor aprende a hacerse pasar por la norma.